Correr con el corazón y no (solo) con las piernas

Por Majo Salvador - 14/02/2017

La cienciología popular, esa gran ciencia exacta, sentencia sin lugar a dudas que corremos siguiendo alguna suerte de moda. Y añade, no sin cierto paternalismo, que ya se nos pasará, si eso. Así, zas; como de vuelta de todo; como si, hartos de hacer maratones a lo ancho y largo del globo, supieran cómo acaban todas las historias de amor.

Siempre he pensado que en este deporte nuestro, todo comienza con un ´click´: un desengaño, una promesa, una crisis, una ruptura, un proyecto, una inseguridad o una nueva visión. Siempre hay un click. Tiene más de emoción que de razones. Más de corazón que de piernas. Y por eso, esto liga y vincula y seduce y atrapa. Y por eso somos tantos. Porque detrás de cada corredor, hay una bonita y genuina historia de amor.

Cabeza, corazón y piernas, las tres formas de correr

Hay tres formas de correr: cabeza, corazón y piernas. En las piernas, correr se llama correr; en la cabeza, correr es resistir; y en el corazón, correr es amar. O corres con los tres, o estás destinado al caos.

Correr, como amar, es un juego individual y es un juego de equipo. Individual porque tiene mucho de íntimo. Y de equipo, justamente por lo mismo.

La fórmula “cabeza, corazón y piernas” se impone en determinadas pruebas o momentos, que, por épicos, se corren de otra forma.

En esos últimos y agónicos metros, cuando aprietas bien los dientes, por ejemplo, ahí no hay piernas que valgan. Y si las tienes, no las sientes. Y si las sientes, casi preferirías no sentirlas. O corres con el alma, o susto o muerte.



Esos entrenes fríos con lluvia; las series con viento; los largos en junio; o los inventados cuando ni son horas ni hay ganas ni hay piernas. Solo corazón y cabeza. Como en el amor.

Nuestro otro corazón para correr

A él le conocí como y donde no pudo ser de otra forma: en aquel club de running. Somos el día y la noche. Blanco y negro. Sol y luna. Peras y manzanas.

Él adora la montaña; yo, el mar. Él es de tardes; yo de mañanas. Él es disciplinado y metódico; yo algo díscola y discontinua. El es carnívoro; yo vegetariana adúltera con el jamón cuatro jotas. Yo pasional e impulsiva; él paciente y pragmático.
Y entonces, ¡click!

Hace ya un año que corremos por la montaña y bordeamos, corriendo, el mar. Por las tardes, entrenes compartidos; almuerzos post-largos de mañanas. Él impone disciplina; yo, esa cerveza obligada. Compartimos dieta, dietista y, a veces, hasta el jamón de cuatro jotas. Y yo me enamoro cada vez que corremos; y él me acompaña, paciente, en mis entrenes.
Él, mediofondista y pistero; yo, fondista y maratoniana. Hasta en eso, correr nos une y correr nos separa.
Corremos con tripa, corazón y piernas. Como en la vida. Y justo como en el amor.

Y tú, ¿cómo corres? Y tú, ¿con quién corres?




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