Corriendo por los puertos míticos: Koppenberg, Bélgica

Por Jorge González de Matauco para carreraspopulares.com - 13/06/2017

Nunca una montaña tan nimia dio para tanto. Esa es la conclusión que se podría alcanzar en esta segunda incursión de la serie por las colinas de las Ardenas flamencas. Porque la auténtica estrella de la Vlaamse Ardennen Loop (Vuelta a las Ardenas flamencas) no es otra que el Koppenberg, una aparentemente insignificante cuesta de 78 metros de altitud, pero que detrás de esa modestia esconde todo un poderío insospechado, hasta el punto de convertirse en protagonista de los episodios más inverosímiles del Tour de Flandes ciclista y también de la carrera pedestre que, con idéntico espíritu que la ciclista, se desarrolla por los mismos parajes.

La Vlaamse Ardennen Loop tiene como sede la localidad flamenca de Oudenaarde, famosa por su plaza central, de arquitectura típicamente flamenca, y por albergar, actualmente, la meta y el museo del Tour de Flandes. Con varias distancias a elegir (6, 10, 15 y 26 kilómetros), he optado, a sugerencia del organizador, por la más larga, ya que es la que atraviesa mayor cantidad de esos afamados muros flamencos cuyo paso es mi gran objetivo al inscribirme a esta prueba.

Nos encontramos a primeros de mayo y, aunque el día anterior la temperatura era incluso calurosa, el tiempo cambia rápidamente y despierta un día frío y nublado, aunque sin amenaza de lluvia. Las fuertes ráfagas de viento son culpables de que la sensación térmica sea aún inferior a los diez grados de temperatura que marcan los termómetros callejeros. La carrera de 26 kilómetros se inicia a una hora tan exacta como extraña, las 10.40, y sorprendentemente, pese a ser la más larga, es casi la que comienza más tarde, la tercera, para ser más exactos. Es la primera peculiaridad de esta curiosa carrera. Rápidamente, tras un breve callejeo, abandonamos Oudenaarde para encarar la primera cuesta, el primer muro. Al final del mismo se ubica un gaitero escocés, ataviado con toda la indumentaria típica, casaca roja y falda incluidas. Uno no sabe bien qué relación tiene con la carrera, pero, en cualquier caso, da ánimos para afrontar lo que queda con buen humor. Porque no pasarán muchos metros para comprender que estamos ante una carrera con alma de yincana. Subida de muros por estrechísimas pistas asfaltadas, descensos y ascensos por senderos inmersos en colinas boscosas, tramos empedrados, llaneos por pistas angostas azotadas por el viento. Y así todo el rato. Todos los cambios, tanto de terreno como de desnivel, se suceden a velocidad supersónica. No conviene familiarizarse con un tipo de ritmo uniforme porque pronto hay que variar el registro y adecuarlo a las circunstancias que va marcando la prueba. Y todo ello inmerso en un bucólico paisaje de elevaciones verdes, atravesando localidades tranquilas con casas de ladrillos oscuros. También se visita, todo sea dicho, alguna zona urbana menos agraciada y semivacía. A juzgar por lo que uno se va encontrando, los domingos por la mañana, las calles belgas se despueblan completamente.

Se hace complicado calificar una carrera tan divertida y variada. No es ni una carrera de asfalto ni una de montaña; sería más aproximado definirla como un verdadero rompepiernas. La organización tiene el gran mérito de haber buscado y rebuscado itinerarios para confeccionar semejante recorrido, tan enrevesado y con tantos cambios de ritmo y de escenario. A los flamencos les hace ilusión pensar que tienen montañas suficientes para organizar carreras de trail, y la manera de confeccionarlas consiste en subir y bajar una y otra vez una misma colina por diferentes rutas. Ahora se sube por un sendero para descender por la carretera, luego la misma colina se asciende por un muro empedrado y se baja por otro sendero diferente. Y como alguien se descuide todavía espera un tercer paso. Siempre con pendientes muy duras, pero tan cortas que pronto terminan. Realmente estas colinas no serán muy altas, pero de tanto subirlas y bajarlas producen mayor cansancio que montañas de mucha mayor enjundia.

¿Y qué pasa con el Koppenberg? Llevamos 18 kilómetros y su aparición se está haciendo esperar, hasta el punto de que empiezo a pensar que me han tomado el pelo o que he cometido un error (la página web de la carrera solo está en lengua flamenca y los traductores digitales fallan mucho) y que el Koppenberg no forma parte del recorrido. Hasta ahora hemos atravesado otros muros menos célebres, como el Ladeuze y el Eikenberg, este de bajada, pero ni rastro del seductor Koppenberg. Subimos una nueva y encantadora colina por un sendero flanqueado por altos árboles y tengo la intuición de que, en efecto, esta vez es la buena. Se baja de nuevo por otro sendero que, al fin, nos sitúa, cerca del kilómetro 19, ante el reconocible muro empedrado más famoso del mundo. Ahí está. Y no soy el único que lo estaba esperando, ya que otro participante, al verme sacar la cámara, me pregunta si estamos en el Koppenberg. Ante mí se extienden esos 600 metros de carretera empedrada en los cuales el gran Eddy Merckx, por no entrar en más detalles, tuvo que echar pie a tierra. Podríamos hablar de aquella edición del Tour de Flandes en que solo un corredor consiguió subir el Koppenberg en su bicicleta. O de un rocambolesco episodio con un ciclista danés que cayó y, debido a la estrechez de la calzada, estuvo a punto de ser atropellado por un coche de la organización. Pero dejaremos los detalles para las publicaciones ciclistas.

Aquí, seguramente tiene más interés para los lectores definir cómo es el Koppenberg para un atleta. Quizá haya que dar primero los fríos datos: 0,6 kilómetros de longitud, una altitud de 78 metros, con 65 metros de desnivel positivo, una pendiente media del 10,8% con picos del 22%, Y lógicamente, subiendo a buen ritmo las piernas revientan de dolor y los pulmones se congestionan, sobre todo en la parte central, donde los árboles parecen echarse encima del corredor que afronta las rampas más inhumanas. Más allá de encontrar un terreno algo menos estable que el asfalto, los adoquines no suponen mayor adversidad, a diferencia de lo que les ocurre a los ciclistas. Desde luego, para un atleta entrenado y en forma, es un excelente lugar donde cambiar el ritmo y despegar a un rival.

Pero el Koppenberg es corto, pasa el clímax y al final suaviza. Ahora hay que bajarlo por una pista de tierra con amplias y bellas vistas de la campiña flamenca. Todavía resta una colina más antes de conectar con otro camino, con la vista ya puesta en la silueta de la torre de la iglesia más famosa de Oudenaarde. Como la carrera más larga no empezó la primera, la meta está completamente desangelada. Quienes terminaron han emigrado con rapidez, huyendo del frío y del viento, y ha cerrado hasta el tenderete donde se vendían a buen precio platos de pasta.

Concluida la carrera, solo se me ocurre admirar cómo con tan poco se puede conseguir tanto. Porque puede ser que los flamencos no poseen montañas dignas de tal nombre, pero obtienen el mayor de los rendimientos de sus escasas y orgullosas colinas, tanto en carreras ciclistas como en pedestres. Y los culpables son esos muros empedrados que han escapado a duras penas del progreso y del asfalto. Por ellos los flamencos sienten auténtica devoción y las autoridades los han protegido como parte del patrimonio nacional, sin escatimar gastos en renovar el adoquinado y reparar las partes más dañadas. Quizá cuando actúan así tienen bien presente lo que ocurrió cuando se hicieron planes para asfaltar a nuestro protagonista, el Koppenberg. Una auténtica revuelta popular, con manifestaciones y diversas escaramuzas, obligó a desechar tan desafortunada idea. Una anécdota más del Koppenberg, esta pequeña y, sin embargo, gran montaña.

SOBRE EL AUTOR

Jorge González de Matauco
Autor del libro “En busca de las carreras extremas“



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