El corredor que siempre mira el reloj
Por Mario Trota para carreraspopulares.com

Seguro que conoces a alguien así.
Quizá incluso seas tú.
Sales a correr y, antes de completar el primer kilómetro, ya has mirado el reloj tres veces. Compruebas el ritmo medio, el ritmo instantáneo, las pulsaciones y cualquier dato que la tecnología sea capaz de mostrarte.
No tiene nada de malo. Yo también lo he hecho muchas veces.
Cuando empecé a correr descubrí que los relojes deportivos podían convertir cualquier entrenamiento en una colección interminable de números. Y reconozco que durante una temporada me obsesioné un poco con ellos.
Cada salida tenía que ser mejor que la anterior.
Cada entrenamiento debía justificar el esfuerzo.
Cada carrera tenía que terminar con algún récord personal.
El problema es que, sin darme cuenta, empecé a correr pendiente de una pantalla en lugar de disfrutar del camino.
Y eso, aunque parezca una tontería, cambia muchas cosas.
Con el paso del tiempo he conocido a muchos corredores populares.
Está el que nunca se apunta a carreras.
Está el que se sabe de memoria todos sus tiempos.
Está el que corre por recomendación médica.
Y está el corredor que siempre mira el reloj.
Ese que convierte cualquier salida tranquila en un examen.
Si un día sale más lento de lo habitual, vuelve a casa frustrado.
Si el recorrido tiene más desnivel del esperado, piensa que ha entrenado mal.
Si las pulsaciones suben unos pocos latidos, empieza a preocuparse.
La verdad es que todos hemos pasado por ahí alguna vez.
Porque correr tiene algo curioso.
Empezamos para sentirnos mejor y, a veces, terminamos buscando la aprobación de unos números.
Sin embargo, hay entrenamientos que nunca aparecerán reflejados en ninguna estadística.
La conversación con un amigo durante una tirada larga.
La sensación de despejar la cabeza después de un día complicado.
La alegría de salir a correr cuando llevabas semanas sin encontrar motivación.
El paseo hasta casa después de terminar una carrera.
Todo eso también forma parte del running.
Y probablemente sea la parte más importante.
Hace unos años olvidé cargar el reloj antes de un entrenamiento.
Me di cuenta cuando ya estaba calentando.
Durante unos segundos pensé en volver al coche para recoger otro dispositivo.
Después decidí correr igualmente.
- Sin datos.
- Sin ritmos.
- Sin objetivos.
- Solo correr.
Y recuerdo perfectamente aquella sensación.
Fue como volver a mis primeros días de corredor.
Cuando cada kilómetro era un descubrimiento.
Cuando todavía no sabía qué ritmo llevaba.
Cuando corría simplemente porque me gustaba hacerlo.
Aquella mañana entendí algo que todavía intento recordar de vez en cuando.
Los relojes sirven para ayudarnos.
Pero no deberían decirnos si hemos disfrutado o no de una salida.
Eso solo podemos saberlo nosotros.
Porque correr nunca ha consistido únicamente en ir más rápido.
Tampoco en acumular kilómetros.
Ni en coleccionar estadísticas.
Se trata de encontrarnos con nosotros mismos durante un rato.
- De desconectar.
- De respirar.
- De sentir que seguimos avanzando, aunque sea despacio.
Cada uno tiene su ritmo.
Y cada uno encuentra sus motivos para seguir corriendo.
Por eso, si alguna vez sales a entrenar y los números no acompañan, no pasa nada.
Nos pasa a todos.
Lo importante es recordar por qué empezamos.
Porque mientras sigamos disfrutando del camino, el reloj siempre marcará el tiempo correcto.
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SOBRE EL AUTOR
Mario Trota
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